Perdimos.
Perdimos. 0-2. Ahora somos 4° de la general y los pendejos de los Pumas son líderes. Por alguna razón los NPC que tenemos de afición creen que es lo peor que pudo haber pasado. Aún así, el dia en el estadio estuvo bien. Unas Pacífico antes de entrar, programa del partido, bandera en mano, bufanda alrededor del cuello.
Éramos un puñado de oriundos, pueblerinos y capitalinos. Las groserías e improperios tenían un toque aristocrático en boca de las chicas. Más que a los Pumas, todas las palabras altisonantes de "la banda loca del Centenario" parecian dirigidas contra la UNAM. "Putos porros", "pinches marihuanos", "otro paro estudiantil de tres meses".
Ahora resulta que terminaron como líderes del torneo. Todos querían linchar al árbitro, es la costumbre más humana que tenemos actualmente en Méjico. Salimos cabizbajos. Los que vinieron de la Ciudad de México se fueron rápido, nos quedamos solo dos cabrones y la amiga de uno de ellos. Tristes, como si acabaramos de masturbarnos.
Al llegar a cenar tacos parecíamos que hubiéramos salido de un campo de concentración. Alrededor todos los de Pumas celebraban, algunos periodistas editaban fotos mientras esperaban su orden de tacos al pastor con su buena agua de pepino con limón.
Charlamos de todo y nada. La platica más nutrida fue acerca de la ciudad. Concordamos en que ya no era viable seguir recibiendo a tanto pendejo de la Ciudad de México. Tendría que hacer falta un regionalismo puro en dónde la patria partiera de aquí mismo, sin necesidad de pedir permiso o esperar la llegada de Uber o Costco.
Hay una metafísica única en Pachuca, la metafísica del viento y de las montañas. Ambos elementos nos protegen de tormentas y huracanes que vienen a saludarnos de vez en cuando. A dónde quiera que voltees verás como las montañas te abrazan, desde mi casa aún se puede ver el Popocatépetl, algo que en la capital perdieron como castigo por haber enterrado bajo pavimento la gran mayoría de sus ríos.
No quiero volverme cuna cosmopolita, ya somos cuna del fútbol, y de la barbacoa, y de la minería, y del pulque, y de intoxicarnos en alcohol todos los Jueves.
Perdimos, pero seguimos siendo del Pachuca, jamás de la Ciudad de México, no importa que trabajemos allá o intentemos leer poesía para un puñado de personas en la Colonia Roma. El arraigo no se quita ni con todos los McDonalds minimalistas que puedan llegar.
No interesa ni el Real Madrid ni el Barcelona, mucho menos algún equipo de Inglaterra o Alemania. Somos nobleza provinciana esperando su momento.
Porque...”te juro que te amo, la banda está gritando, yo voy descontrolado siempre a dónde vas, yo siempre voy, te juro que nunca te voy a abandonar -chiflidos a ritmo de la canción- ¡Y...mis sentimientos, no los cambiaré jamás, aunque ganes aunque pierdas, yo sigo aquí, loco por ti!”.









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