God Bless Sanborns.
Siento más paz al entrar en un Sanborns que en cualquier "iglesia" evangélica. Se que todo estará bien al entrar tras sus puertas custodiadas por Dios, el orden espontáneo, la puta vibra o como quieras llamarlo. Los materialistas dirán que no es más que una tienda departamental más, los más sensibles (y por ende, los más mejicanos) entendemos que Sanborns es lo más parecido al ropero de Narnia.
Tanto populismo, narcotráfico, miseria, progresismo, conservadurismo o Coca Colas de tres litros a $60 pierden relevancia al entrar aquí. Habría que demoler la Cámara de Diputados, la Cámara de Senadores, la Suprema Corte y Palacio Nacional para sustituirlos con un Sanborns 24/7, y si es posible con un poco más de juegos de azar. Tanta puta academia e intelectualidad no han podido acabar con la famosa lucha de clases, pues bien, esa cuestión la resolvió Sanborns hace mucho tiempo. No tienes porque comprar algo, tan solo puedes pasar a ver no sé que cosa o utilizar sus baños que nunca se quedan sin jabón para las manos.
¿En otros lados existira algo como Sanborns? Si no lo hay, ese tendría que ser nuestro regalo de Méjico para el mundo: un espacio donde la farmacia está justo al lado de las cigarreras y las cajas de puros, un lugar donde pruebes el martini más cargado de la historia mientras tu novia da lo mejor de sí en el karaoke al son de Grupo Frontera, un restaurant donde la vajilla sea más importante que la comida, un bucle temporal donde se anuncien los nuevos lanzamientos en CD, DVD, Blue Ray y vinil, manicomio donde todos escriban con plumas marca Hugo BOSS y un club de lectura improvisado con la biblioteca más variopinta de este lado del Pacífico. En ese último contexto es donde paso la mayor parte del tiempo. Estudiantes, oficinistas, dealers, todos se reúnen a buscar el titulo de su agrado para esconderlo al fonde de la exhibición y regresar por el en unos dos días o en otra vida.
Fue en un Sanborns donde pase gran parte de mis horas libres durante la preparatoria. La primer compra que hice (que no fueran dulces a granel o Hot Wheels) fue el CD del "Segundo Romance" de Luis Miguel. La primer chica que bese ahí fue la mejor amiga de mi mejor amiga, mientras esperábamos que él volviera del baño, muy a pesar de que me repetía hasta el artazgo que no me acercara a ella con tales intenciones. La primera vez que me encontré con un profesor fuera de la escuela fue en la sección de cómics, había comprado un volumen de alguna serie de Batman en presentación de pasta dura.
En la Ciudad de México hay una sucursal de Sanborns que está ubicada en el Centro Histórico, entre el Zócalo y Bellas Artes. Es un sitio llamado "La Casa de los Azulejos", que entre sus vivencias destaca aquel primer encuentro entre Pancho Villa y Emiliano Zapata. Cada que paso por ahí hay fila para entrar, nacionales y extranjeros ansían entrar en aquel Sanborns para por lo menos poder presumir que evacuaron en los baños del Sanborns de la Casa de los Azulejos. Todos los que entran a tomar un café o a comprar estampitas de Panini regresan a las calles con una expresión similar a la que tuvo que tener Juan Diego al conocer a la Virgen de Guadalupe. Me sorprende que aún no exista un corrido en honor al sitio.
Hay también otra sucursal, "la de los pajaritos", dónde comes bajo un techo de cristal mientras decenas de aves vuelan sobre tu cabeza y tu plato de enchiladas suizas. ¿Si les comenté que la enchiladas suizas fueron creadas en Sanborns?
La patria inicia en Tijuana, Dios quiera que no acabe en Chiapas, pero siempre atraviesa un Sanborns. Es nuestra cápsula de tiempo para las generaciones del 2099. Esta tierra maldita necesita tantas cosas, entre todo eso, Sanborns emerge como un prioridad vital, comercial, metafísica, social, cultural, de acceso a dopamina orgánica y reducción de cortisol.
Los tres búhos son nuestros ángeles de la guarda. Ya no veo tantos comerciales de Sanborns como antes, pero si veo más y más anuncios de casas de apuestas, algo está podrido.
Aún así, todos nos encontramos en un mismo paraje. Un Sanborns en cada esquina del país por cada cabeza de político cercenada, tal vez eso pueda salvarnos.






